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2017/06/14

DESPUÉS DE LA URSS: NUEVA ETAPA MUNDIAL DE LA LUCHA DE CLASES Y LAS TAREAS DE LOS MARXISTAS REVOLUCIONARIOS

La nueva etapa de la lucha de clases post-URSS

Con la restauración capitalista y la desaparición de los Estados Obreros Burocratizados del Este de Europa y, principalmente, la restauración capitalista en la ex-URSS llevada adelante por la misma burocracia, la burguesía mundial asestó una derrota de dimensiones históricas a la clase obrera y a su lucha emancipatoria. Con ella no sólo se abrió una nueva etapa mundial, porque no una etapa cualquiera, sino que comenzó un nuevo ciclo histórico. Etapa o ciclo histórico que, al mismo tiempo, están dentro de la época imperialista descripta por Lenin, de agonía mortal del capitalismo, de guerras, crisis y revoluciones.
Esta etapa o ciclo histórico mundial, al nacer de la derrota, está signada por ella; se trata de una etapa de retroceso, o sea, de relaciones de fuerza desfavorables, con sus diferentes coyunturas menos o más favorables. Pero estas últimas no han cambiado las relaciones de fuerzas entre las clases, ni las de los pueblos frente al imperialismo, y por eso sigue siendo la misma etapa mundial por la que seguimos transitando.
De allí que es equivocado decir que estamos mejor porque el stalinismo desapareció -como dicen algunas corrientes trotskistas, como el grueso del morenismo-, primero porque no desapareció el stalinismo, lo que sí desaparecieron fueron los Estados Obreros Burocratizados donde antes no había capitalismo y ahora sí, y también porque las concepciones oportunistas y contrarrevolucionarias del stalinismo son tomadas por otros, o ellos mismos reciclados, recreando las mismas, semejantes o peores concepciones aún. Y si esto ocurre es precisamente porque fue una derrota la restauración capitalista en los EOB, y porque por ello hubo un retroceso en la conciencia del proletariado mundial tan grande que posibilitó y posibilita el surgimiento de corrientes populistas (Chavismo, Podemos, Syriza), e incluso hasta que hagan pie en la clase obrera las ideologías del populismo de derecha o semi-fascismo.
Y ni qué decir de que fue errada, y a esta altura absurda, la postura de que estaríamos en la 'etapa del trotskismo', que se caerían los aparatos burocráticos. Esa hipótesis sólo podía ser válida con un triunfo, pero ese proceso terminó en derrota, y de la mano de una contraofensiva ideológica reaccionaria (el fin de la historia; la muerte del socialismo real, el único realmente existente, etc.), las burocracias sindicales más se aferraron y consolidaron en los aparatos para dominar y maniatar a la clase obrera.
Prueba clara del retroceso, es que la mayor crisis del capitalismo mundial, desde la Segunda Guerra Mundial, ya está por cumplir diez años; y las fuerzas marxistas revolucionarias –las leninistas-trotskistas– no pueden avanzar y muchas retroceden, o avanzan algunas, pero destiñendo el programa. Situación ésta que en nada hace avanzar la conciencia de la clase obrera, preanunciando un futuro retroceso.

Sobre la ley de inversión de la causalidad y la crisis de dirección revolucionaria del proletariado

Todo el trotskismo de post-guerra estuvo signado por procesos revolucionarios, de ascenso, principalmente en el mundo semi-colonial, incluso hasta revoluciones triunfantes, y más aún; revoluciones con direcciones pequeño-burguesas/burocráticas que llegaron a expropiar a la burguesía; hubo una proliferación de Estados Obreros Burocratizados y se fortaleció el prestigio del stalinismo y sus variantes en el movimiento de masas; paralelamente al boom de post-guerra y al fortalecimiento del "estado benefactor" como una política burguesa para contrarrestar a la revolución. Pero nada de eso es así hoy, y desde hace tres décadas, al menos. Y sin embargo, no hay aportes significativos para la nueva etapa.
Muchos adhieren o creen ver en la ley de la inversión de la causalidad de Nahuel Moreno -importante dirigente del trotskismo de la Segunda post-Guerra, fallecido antes de la desaparición de la URSS-, las respuestas a los interrogantes abiertos con la restauración capitalista. Pero Moreno, que hacía partir su análisis de las premisas objetivas de la revolución, aunque en los últimos cinco años de vida se deslizó hacia un marcado objetivismo (desviación en el análisis que consiste en darle un peso desmedido a los factores objetivos). Sin embargo, a principios de los años 80, formuló la ley de la inversión de la causalidad, que se la puede sintetizar en los siguientes párrafos de Actualización del Programa de Transición, Tesis II: “A partir de la primera guerra imperialista, al iniciarse la época de crisis definitiva del imperialismo y el capitalismo, la época de la revolución socialista, cambian las relaciones causales de los acontecimientos históricos. En relación con las grandes épocas históricas y el desarrollo normal de las sociedades, el marxismo ha sostenido que el hilo rojo que explica todos los fenómenos son los procesos económicos. Pero en una época revolucionaria y de crisis, esta ley general tiene una refracción particular que invierte las relaciones causales, transformando el más subjetivo de los factores — la dirección revolucionaria — en la causa fundamental de todos los otros fenómenos, incluso los económicos. Hasta la Primera Guerra Mundial el proceso económico tenía un carácter predominante y en cambio no tenían mayor importancia los factores subjetivos. La misma lucha de la clase obrera era reformista porque no atentaba contra el proceso de acumulación capitalista, contra el desarrollo económico capitalista, contra sus leyes, sino a lo sumo significaba una ligera variación al proceso. Por eso fue una época reformista. Pero a partir de la Primera Guerra Mundial ya no es así. Los procesos económicos dejan de ser los determinantes; y el factor subjetivo — la dirección — se convierte en el fundamental. No olvidemos que esto es así porque toda la época está determinada por la lucha revolucionaria de las masas.
La existencia de Marx y Engels en el siglo XIX no fue un factor objetivo en el desenlace de ningún proceso histórico. Su existencia no pudo garantizar el triunfo ni evitar las derrotas de la revolución proletaria en el año 1848 ni en la Comuna de París. En cambio la existencia de Lenin y Trotsky y del Partido Bolchevique pudieron garantizar el triunfo de la Revolución de Octubre, mientras que en Alemania la inexistencia de un partido bolchevique y de un Lenin y un Trotsky hizo que no se pudiera garantizar el triunfo de la revolución socialista. De la misma manera, la existencia de direcciones contrarrevolucionarias burocráticas al frente de los grandes partidos socialistas permitió el estallido de la Primera Guerra Mundial.”
Pero no puede haber una inversión de la causalidad porque las causas por las que se da la lucha de clases –que es el motor de la historia de la humanidad– siempre son materiales, económicas, lo contrario sería escapar al marxismo. Que el factor subjetivo –dirigentes, partido, consciencia en la clase– tenga más peso determinante en la época histórica imperialista del capitalismo que en la anterior, es real pero es otra cuestión, porque la causa del desenlace de la lucha de clases, o de su exacerbación, en su base, siempre es económica. La existencia de partidos y de grandes dirigentes al frente de los procesos revolucionarios le dan otro desenlace a los procesos –y, obviamente, éstos repercuten en la economía–, pero estos partidos o dirigentes no crean las condiciones materiales-económicas; sino que con la estrategia y las políticas adecuadas, previamente, durante décadas, y sobre todo en los mismos procesos, saben moldear la realidad y llevarla a un desenlace revolucionario. Más acertado está Moreno cuando, siguiendo a Lenin y Trotsky, dice que todos los fenómenos mundiales se explican por la confluencia de dos factores; la agonía mortal del capitalismo y la crisis de dirección revolucionaria. Parece una verdad de Perogrullo, pero es algo que nunca hay que olvidar. Y sin embargo no lo es todo, ni siquiera lo más importante para entender y buscar resolver los problemas de esta etapa.
Por ejemplo, Moreno resuelve todo diciendo que hay que construir el partido (en eso no es diferente a Altamira, Albamonte, Petit, Munzer, por citar a algunos de los dirigentes que están vivos) pero el factor subjetivo no es solamente el partido, sino también la consciencia –avanzada o atrasada– del proletariado mundial en el cual ese partido tiene que construirse, dar batallas, aplicar las tácticas, etc. Y la desaparición de la URSS y los Estados de Europa del Este, y la aceleración de la restauración de China, Vietnam o Cuba, puede confirmar los análisis de Trotsky, y del trotskismo, de lo que termina pasando con las burocracias estalinistas al frente de Estados. Pero para las masas del mundo –y sobre todo para los ideólogos burgueses en los aparatos sindicales y de los medios de información– fué y es la pérdida de toda alternativa al capitalismo. De allí la caída de la subjetividad del proletariado, situación que en las primeras décadas se consideraba que se superaría por la crisis misma capitalista que se avecinaba, que surgirían nuevas camadas de luchadores y nuevas vanguardias. Y la crisis llegó, a principios del 2000 y más claramente desde el 2008, y los ataques burgueses se multiplicaron y se multiplican, pero la crisis de dirección revolucionaria lejos está de solucionarse, más bien se profundiza.

El agrandamiento de la brecha entre los factores objetivos y subjetivos, producto de las derrotas, y cómo continuar la lucha sobre bases marxistas

En realidad, más que una inversión de la causalidad, lo que estuvo ocurriendo estas últimas tres décadas (pero que es un proceso que viene de mucho antes) es un ensanchamiento de la brecha entre las condiciones objetivas maduras para la revolución socialista y las subjetivas (partido y conciencia -de clase y socialista- en el proletariado) para la superación revolucionaria de la situación con la toma del poder por la clase obrera en algún país. Y que posibilitaría dar un salto cualitativo al refundar la IV Internacional y comenzar a expandir esa revolución, cambiando así las relaciones de fuerza, o sea, el carácter de la actual etapa mundial.
Para empezar a achicar esta brecha, las condiciones objetivas que están maduras y pudriéndose, y subjetivas, que están muy verdes, sólo queda que los socialistas científicos, los revolucionarios, interpreten el momento histórico que viven y en base a esa comprensión común de los acontecimientos y tareas se den una orientación acorde. Tarea que indudablemente no puede empezar buscando atajos, sino que debe empezar, primeramente, con la construcción de núcleos, grupos o partidos obreros socialistas y revolucionarios y la Internacional -por pequeña y débil que fuera en un comienzo- respondiendo a los principales procesos de la lucha de clases. Y esos núcleos o partidos deben responder a la realidad e intervenir en ella dando el ataque concéntrico -del que hablaba Engels en Las guerras campesinas en Alemania, y que repetía Lenin en el Que Hacer-, enfrentando a la burguesía en los tres planos; en la lucha económica-práctica, en la lucha política y en la lucha teórica-ideológica. Porque querer dar la pelea sólo en plano económico y político es no diferenciase de las variantes de izquierda defensoras del sistema, o peor aún; es capitular vergonzosamente, cuando para el financiamiento estatal de las campañas electorales o para tener más parlamentarios, o para ser invitados a los programas periodísticos, no se dice públicamente, y menos aún en las campañas electorales, que es la clase obrera la que debe conquistar el poder y construir una sociedad socialista, ni se hace campaña de propaganda socialista en la clase trabajadora.

Combatir al revisionismo oportunista adaptado al régimen democrático burgués

Argentina es un país particular, la proliferación de partidos y grupos que se dicen trotskistas parece no tener fin. Al punto que a las últimas elecciones se presentaron cinco partidos trotskistas, dos de forma separada, el N.MAS y el MST que ahora formaron un frente (Izquierda al Frente), y el FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores), otro frente que está compuesto por los tres partidos más importantes (el PTS, el PO e Izquierda Socialista). Si analizamos los ejes de la campaña electoral, vemos también lo que dicen todos los días (menos los días de fiesta, cuando seguramente hablan de socialismo). El MST: “que los diputados, senadores y funcionarios lleven a sus hijos a la escuela pública y se atiendan en hospitales públicos”; el N.MAS “que el gobierno decrete la emergencia sanitaria y la legalización del aborto”. Y a esto, el PTS, “que los diputados y senadores ganen igual que un docente” y le agrega la despenalización de la marihuana, y el PO, que se ufana de su gran labor parlamentaria, junto a Izquierda Socialista –y todos con sus candidatos impecables y sonrientes–, levantando otras consignas mínimas y democráticas o de tipo transicional, pero al ser planteadas en el marco del sistema, pierden su carácter transicional para pasar a ser promesas de reformas si los votan a ellos. Y la palabra Socialismo no existe, cuando son las campañas electorales la mejor ocasión para hacer propaganda, para hacer recuento globular de glóbulos rojos, al decir de Lenin.
Pero no hay que tener miedo de decirle a la clase lo que es, de decir las cosas como son, aunque eso suponga perder algunos votos. Lejos de eso, todo este accionar electoralista sólo busca votos y no ganar las cabezas de los obreros para las ideas socialistas. El FIT sacó 1.200.000 votos, pero es mil veces preferible sacar algunos miles de votos menos, pero que ese millón de votos sea realmente rojo, que quiera el socialismo, y la construcción del socialismo a través de la revolución proletaria.
Por ejemplo, cualquier analista inteligente, sea burgués o proletario, se da cuenta que los votos del FIT tienen una amplia mayoría de votos rosas. Esto se vio en el ballotage entre Scioli o Macri (los dos candidatos burgueses), donde el FIT (y el N.MAS y el MST) llamaron a votar en blanco, pero los votos en blanco fueron inferiores a los de la primera vuelta electoral. Evidentemente la gran mayoría de los votos en blanco de esta izquierda se fueron hacia el voto al mal menor, o sea Scioli.
Estas cinco fuerzas políticas que componen estos frentes, en los programas que firman, hablan de una salida socialista, y particularmente sus militantes insisten en su carácter revolucionario y que el cambio va a venir a través de la revolución proletaria, es decir, que buscan transformar las relaciones sociales de producción por la vía de la toma del poder. Pero en las campañas electorales, que es cuando realmente le hablan a la clase obrera, nunca hablan del socialismo, ni siquiera abstractamente, y menos aún le piden el voto para construir la herramienta revolucionaria que permita la conquista del poder para cambiar realmente las cosas. 
Y no son solamente estos partidos, también hay una docena de grupos trotskistas -incluso guevaristas y maoístas de “izquierda”- que quieren y hasta exigen que esos frentes electorales les abran sus listas y poder meter candidatos para llevar adelante esas campañas electorales democratistas y oportunistas, y también son grupos o partidos que insisten siempre en su carácter socialista y revolucionario.
La adaptación al régimen democrático burgués, de esta inmensa mayoría de la izquierda que se dice revolucionaria, es un reflejo oportunista de capitulación al atraso político de la clase. Es la influencia ideológica de la burguesía en el proletariado y un producto de la etapa mundial en la que estamos. Y también de direcciones oportunistas que han consolidado su revisionismo y mantienen la lucha sólo en el plano sindical y político, abandonando el combate teórico-ideológico contra la burguesía y sus fuerzas políticas.
Para revertir esta situación, no se trata de abandonar una política transicional para ir hacia una orientación política maximalista que esté a años luz de lo que puede comprender un obrero, menos aún para ir hacia un socialismo abstracto para todos los días. De lo que se trata es de partir de las necesidades inmediatas de los explotados y oprimidos, pero no rebajando el programa y engañando a la clase obrera al decir, o al dar a entender, que las consignas transicionales -incluso las tareas democráticas estructurales- pueden ser llevadas adelante en el marco del sistema capitalista. Porque estas consignas y tareas sólo pueden concretarse con la clase obrera en el poder, con la dictadura del proletariado, o sea; construyendo el socialismo. De allí que no se puede disociar ambas cuestiones.

Conclusión

El marxismo es por naturaleza revolucionario, quiere transformar la realidad, quiere cambiar el mundo, de allí que frente al futuro es falsa la discusión entre optimismo y pesimismo. Primero hay que querer ver la realidad tal cual es, y de allí darse una orientación para cambiarla, para revertirla. Cuanto más honesto se sea con la realidad y cuanto más científico se quiera ser en la respuesta a ella, mejores estaremos para resolver los grandes problemas de la lucha de clases y la revolución socialista.
Nadie sabe cómo ni dónde será la próxima revolución, tampoco si los marxistas revolucionarios habremos tenido tiempo de desarrollarnos en la clase. De lo que tenemos certezas es de que, como dice Trotsky: Las masas no van a la revolución con una idea preconcebida de la sociedad futura, sino con la imposibilidad de seguir viviendo en la presente, idea que es tan cierta como que es impensable que esa revolución pueda tener un desenlace socialista sin que un sector cada vez más amplio de la vanguardia proletaria quiera el socialismo y luche por él. Y el partido que lleve adelante esa tarea debe ser construido previamente y tener tiempo para estructurarse en la clase, para ser reconocido y ganar prestigio en su vanguardia.
Esta es la diferencia entre la revolución socialista por la que luchamos, y la revolución meramente objetiva que, aunque destruya el ejército, si no tiene una dirección obrera y revolucionaria, por más que hable de socialismo, e incluso que expropie a la burguesía -aunque en esta etapa es muy improbable-, creará un estado que ya nace burocratizado abortando cualquier transición al socialismo. Recreando nuevamente los viejos problemas.
En definitiva; sin partido obrero marxista y revolucionario e Internacional -estructurada en la clase trabajadora y teniendo una política transicional-, que dé el ataque concéntrico en lo económico-práctico, en lo político y en lo teórico-ideológico, no habrá revolución socialista, ni socialismo mundial.
Liga Comunista de los Trabajadores
15-05-2017